" no ha dicho una sola palabra ni tampoco ha llorado. Se ha limitado a moverse con gestos mecánicos, ausentes, y a dejar que su vestido negro centellee en los contornos de su figura a la argéntea y húmeda luz de julio. Wenceslao, mientras rema, la mira de vez en cuando, preguntándose si alguna vez le perdonará el simple hecho de estar vivo "

El limonero real, Juan José Saer.

Trailer Día

Trailer Noche

LA PELÍCULA

EL LIMONERO REAL es la adaptación cinematógrafica de la novela homónima de Juan José Saer, dirigida por Gustavo Fontán. Fue filmada íntegramente durante el mes de marzo de 2015 en el barrio de Colastiné, ciudad de Santa Fe, lugar donde Juan José Saer tenía una casa y espacio en el que se desarrolla la trama de la novela. La adaptación cinematográfica de la novela ha sido realizada por el mismo Fontán y, al igual que en sus películas anteriores (El árbol, La orilla que se abisma, La casa, El rostro, entre otras), el director nos sumerge en un entramado conformado por la memoria y la percepción en el que todo, en la medida en que se vuelve ceremonia, se convierte en materia narrativa.

SINOPSIS

Una familia de pobladores del río Paraná se dispone a compartir el último día del año. Son tres hermanas, con sus maridos e hijos, que viven en tres ranchos, a la orilla del río, separados por espinillos, algarrobos y sauces. Aunque Wenceslao intenta convencerla, su mujer se niega a asistir a casa de su hermana para participar del festejo. Dice que está de luto: su hijo, su único hijo, murió hace seis años. También sus hermanas y sus sobrinas se desplazan para convencerla. Pero Ella sigue firme en su negativa: está de luto. El río omnipresente, las variaciones de la luz, el baile festivo, el sacrificio del cordero y la comida, el vino y los cuerpos, todo es atravesado, desde la percepción de Wenceslao, por las dos ausencias: la de su mujer y la de su hijo muerto, cuya figura emerge cada tanto, otorgándole al relato una densidad creciente. Desde el alba –“Amanece. Y ya está con los ojos abiertos”- hasta el regreso de Wenceslao al rancho después de la medianoche, cada acción cotidiana se vuelve ceremonia y el tiempo una espiral de sensaciones y recuerdos.

Elenco

Germán de Silva – Wenceslao
Patricia Sánchez - Ella
Rosendo Ruiz - Rogelio
Eva Bianco – Rosa
Gastón Ceballos - Ladeado
Rocío Acosta- La Negra
Carlos Daniel Linches - Agustín
Maria de los Angeles Leiva – Teresa
Micaela Villarruel – Amelia
Ramona Escobar - La Vieja
José M. Mendoza - El Viejo
Alberto O. Monzón – Chacho
Fiama Aranda - Josefa
Tomás Altamirano – Segundo
Tania Neponuceno – Teresita
Iván Quiñones - Rogelito
Brian Quiñones - Carozo
Luis Retamoso - Salas
René Sánchez – Berini

Ficha Técnica

Año 2015 - 77 minutos

Guión y Dirección: Gustavo Fontán
Producida por INSOMNIAFILMS: Alejandro Nantón, Guillermo Pineles, Gustavo Schiaffino
Producción Ejecutiva: Guillermo Pineles, Laura Mara Tablón
Dirección de fotografía y cámara: Diego Poleri
Dirección de sonido: Abel Tortorelli
Montaje: Mario Bocchicchio
Dirección de Arte y Vestuario: Alejandro Mateo
Asistente de Dirección: Alejandro Nantón
Dirección de Produccción: Mabel Ciancio
Dirección de Producción en Santa Fe: Cristina Marchese

Asistente de Dirección: Alejandro Nantón
1er Ayudante de Dirección: Martín Vilela
1er. Ayudante de Dirección: Leonardo Davicino
1er Ayudante de Dirección (pre): Francisco Márquez

Jefe de Producción: Gianni Tosello
Asistente de producción: Jorge Fernández
Asistente de producción: Mariapaula Rithner
Asistente Producción: Mauricio F. Gómez
Meritorio Producción: Francisco Nishimoto
Meritorio post producción: Mariana Rojas
Jefe de Locaciones: Alfredo Gisbert

Dirección de Arte y Vestuario: Alejandro Mateo
Asistente de Vestuario: Cecilia Holocek
Asistente de Arte: Luisina Agustini
Utilero : Ricardo Fernández

Sonido directo: Abel Tortorelli
Microfonista: Carla Finco

Dirección de fotografía y cámara: Diego Poleri
Técnico HD: Matías Fassi
Asistente de Cámara: Mauricio Heredia
Foto Fija: Gustavo Schiaffino

Gaffer: Matías Infiesta
Reflectorista: Rodrigo Fafian
Reflectorista: Salvador González
Operador de Generador: Matías Lubowiecki
Reflectorista (refuerzo): Nicolás Canale


Movilidad Producción Santa Fe: Florencia Rinaldi

Diseño Gráfico: Andrea Nantón
Subtítulos: Ignacio Guala
Traducciones: María Eugenia Lombardi- Anne Wiedlack

Equipos de sonido: Abel Tortorelli, Martín Litmanovich, Rubén Piputto.
Estudio de Mezcla: La Burbuja Sonido
Mezcla 5.1: Lucas Meyer


Dcp
Lucas Peñafort

Productor Asociado UNTREF MEDIA

PALABRAS DEL DIRECTOR

En la obra de Juan José Saer en general y en El limonero real en particular se formula un interrogante que subyace de modo permanente: ¿cómo acceder a lo real y expresarlo? La obra de Saer es testimonio de una desesperada aproximación a una porción de realidad - a la que se mira y se vuelve a mirar-, y de la constatación del misterio. La mirada afirma y abisma el mundo, simultáneamente. La escritura reconoce en la realidad sus enigmas y nos advierte sobre la fragilidad de cualquier intento de conocimiento.

Por otro lado, existe en Saer una profunda conciencia de que la poesía surge del “tratamiento especial dado a la materia real”. La escritura se convierte entonces en el arte de “sondear y reunir briznas o astillas de experiencia y de memoria para armar una imagen”.

En una de las primeras escrituras de El limonero real, escribía Saer: “Piensa todavía que él no debió haberse ido a la ciudad, lo piensa todas las mañanas, peinándose bajo el sol. Me parece que no piensa en otra cosa: que si no se hubiera ido, ahora estaría cruzando el río con la canoa verde, y no bajo tierra. Nunca piensa en otra cosa, aunque haga años que ya no lo dice. Y cuando a veces entra a la chocita que llamamos la cocina, y la oigo murmurar en voz baja, creo que habla con él. No con lo que dicen que queda de nosotros cuando recordamos, y que dicen que puede volver, con él como era antes de haberse ido, tratando de decirle que no se vaya”

En una de esas primeras escrituras, la novela empezaba así:

“Amanece
Y ya está con los ojos abiertos.
Queda un momento ciego
Sin ver, todavía mezclado en lo que ha entrevisto en el sueño.
-para algunos el pasado que se hace presente.”

Saer entiende pronto: el pasado que se hace presente. Y no es necesario decirlo porque sencillamente ocurre.

“El canto del gallo, el amanecer, los perros que ladran, la claridad que se expande, el hombre que se levanta, la naturaleza, el tiempo, el sueño, la lucidez, todo es feroz”. Pascal Quignard no habla de El limonero real. Pero habla.

El ámbito en el que ocurre la trama de El limonero real -las islas, la costa del río Paraná en la provincia de Santa Fe, Argentina, su luz y sus habitantes- no es un espacio desconocido para mí. Realicé ya dos películas en la zona: La orilla que se abisma y El rostro. Estas dos películas me colocaron ante la experiencia de las islas. Las islas del río Paraná son grandísimas extensiones de tierra, con montes de madera blanda, sauce, timbó, en la costa, y pajonales interminables, montes de espinillos, algarrobos y talas, lagunas y esteros, tierra adentro.

Por naturaleza, las islas conforman un espacio cargado de cierta precariedad: las crecientes, siempre voraces, construyen una memoria y un riesgo. Nadie olvida las crecientes; por todos lados hay huellas y nadie deja de temer a la creciente que puede sobrevenir. La isla es una imagen del antes y del después, y el presente es una especie de estadio frágil entre dos momentos dolorosos. Esta conciencia imprime en sus habitantes, los isleros, una extraña vitalidad. Se vive el presente, el sol y la pesca, los encuentros y el vino, el fogón y los silencios, como una fiesta y una despedida al mismo tiempo. Esa forma de habitar, conformada por ese vínculo particular (agua- tierra-hombre-animales) tiene una impronta única. A ese modo de estar, vital pero inestable, podríamos definirlo en líneas generales como una vida a la intemperie. No por la falta de techo, que aunque precario existe, sino por algo más esencial, más hondo: la impronta que el espacio imprime en los habitantes y los deja siempre en tensión, fortaleza-debilidad, vitalidad-muerte.

Del encuentro de esas dos experiencias, la de la lectura y la del mundo, surge esta película.

PALABRAS DEL DIRECTOR

En la obra de Juan José Saer en general y en El limonero real en particular se formula un interrogante que subyace de modo permanente: ¿cómo acceder a lo real y expresarlo? La obra de Saer es testimonio de una desesperada aproximación a una porción de realidad - a la que se mira y se vuelve a mirar-, y de la constatación del misterio. La mirada afirma y abisma el mundo, simultáneamente. La escritura reconoce en la realidad sus enigmas y nos advierte sobre la fragilidad de cualquier intento de conocimiento.

Por otro lado, existe en Saer una profunda conciencia de que la poesía surge del “tratamiento especial dado a la materia real”. La escritura se convierte entonces en el arte de “sondear y reunir briznas o astillas de experiencia y de memoria para armar una imagen”.

En una de las primeras escrituras de El limonero real, escribía Saer: “Piensa todavía que él no debió haberse ido a la ciudad, lo piensa todas las mañanas, peinándose bajo el sol. Me parece que no piensa en otra cosa: que si no se hubiera ido, ahora estaría cruzando el río con la canoa verde, y no bajo tierra. Nunca piensa en otra cosa, aunque haga años que ya no lo dice. Y cuando a veces entra a la chocita que llamamos la cocina, y la oigo murmurar en voz baja, creo que habla con él. No con lo que dicen que queda de nosotros cuando recordamos, y que dicen que puede volver, con él como era antes de haberse ido, tratando de decirle que no se vaya”

En una de esas primeras escrituras, la novela empezaba así:

“Amanece
Y ya está con los ojos abiertos.
Queda un momento ciego
Sin ver, todavía mezclado en lo que ha entrevisto en el sueño.
-para algunos el pasado que se hace presente.”

Saer entiende pronto: el pasado que se hace presente. Y no es necesario decirlo porque sencillamente ocurre.

“El canto del gallo, el amanecer, los perros que ladran, la claridad que se expande, el hombre que se levanta, la naturaleza, el tiempo, el sueño, la lucidez, todo es feroz”. Pascal Quignard no habla de El limonero real. Pero habla.

El ámbito en el que ocurre la trama de El limonero real -las islas, la costa del río Paraná en la provincia de Santa Fe, Argentina, su luz y sus habitantes- no es un espacio desconocido para mí. Realicé ya dos películas en la zona: La orilla que se abisma y El rostro. Estas dos películas me colocaron ante la experiencia de las islas. Las islas del río Paraná son grandísimas extensiones de tierra, con montes de madera blanda, sauce, timbó, en la costa, y pajonales interminables, montes de espinillos, algarrobos y talas, lagunas y esteros, tierra adentro. Por naturaleza, las islas conforman un espacio cargado de cierta precariedad: las crecientes, siempre voraces, construyen una memoria y un riesgo. Nadie olvida las crecientes; por todos lados hay huellas y nadie deja de temer a la creciente que puede sobrevenir. La isla es una imagen del antes y del después, y el presente es una especie de estadio frágil entre dos momentos dolorosos. Esta conciencia imprime en sus habitantes, los isleros, una extraña vitalidad.

Se vive el presente, el sol y la pesca, los encuentros y el vino, el fogón y los silencios, como una fiesta y una despedida al mismo tiempo. Esa forma de habitar, conformada por ese vínculo particular (agua- tierra-hombre-animales) tiene una impronta única. A ese modo de estar, vital pero inestable, podríamos definirlo en líneas generales como una vida a la intemperie. No por la falta de techo, que aunque precario existe, sino por algo más esencial, más hondo: la impronta que el espacio imprime en los habitantes y los deja siempre en tensión, fortaleza-debilidad, vitalidad-muerte.

Del encuentro de esas dos experiencias, la de la lectura y la del mundo, surge esta película.





"Ya verán: su enorme variedad de matices, su capacidad para cargar de sentido el silencio."

Germán de Silva representa a Wenceslao

"Ya verán: la capacidad para hacer girar el mundo, la profundidad de su rostro y su sonrisa."

Eva Bianco representa a Rosa

"Ya verán: la frescura de un cuerpo que deja marcas en el espacio."

Rosendo Ruiz representa a Rogelio

"Ya verán: la fortaleza de la negación, la afirmación  de un duelo. Ahí está, Ella en su inmovilidad interpelando a todos."

Patricia Sánchez representa a Ella

"Ya verán: la frescura que renueva las horas."

Rocío Acosta representa a La Negra

"Ya verán: la inocencia de un rostro, la profundidad de su estar. "

Gastón Ceballos representa a El ladeado

Juan José Saer

Fotos de Pucho Courtalon

¿QUÉ ES NARRAR?

(A raíz de una pregunta de Juan Pablo Cinelli sobre lo “saeriano” para el suplemento literario de Télam)

Como los más grandes artistas Juan José Saer se pregunta por el lenguaje. Se hace una pregunta que podríamos pensarla como elemental pero no lo es: si voy a escribir narraciones, ¿qué significa narrar? Esta pregunta es profundamente política porque se vuelve rebelde a los supuestos y a los discursos cristalizados, y entiende la literatura y la cultura como un campo de tensiones. La idea de la cultura como algo hecho, positivo, le provoca una reacción lógica: yo con esto no tengo nada que ver.

Entre esa pregunta y la construcción de la obra, Saer toma una posición: borrar los límites entre narración y poesía. La sencillez de este enunciado puede encontrar la verdadera dimensión, la más profunda, la más compleja, en la lectura de sus libros. Experiencia nueva, inédita de lectura, y por lo tanto exigente. Como si debiéramos también nosotros aprender a leer.

No podría dar cuenta de todos los procedimientos que involucra esta posición de Saer frente a la idea de narrar. Sólo quiero hacer mención a uno que siempre me impresionó. Narrar implica una operación doble: fijar y borrar. Fijar en varios sentidos. Por la delimitación de un territorio, esa zona que conforma la ciudad de Santa Fe y las afueras, por la reiteración de personajes, por la mención a lugares que podemos identificar en el mundo real, por el materialismo estricto, es decir, por recortar, para la narración, fragmentos de objetos, rostros, luces y sombras, árboles y perros, calles y caballos. Por decirlo con palabras del propio Saer: (la narración) debe surgir del tratamiento especial dado a la materia real. Pero a su vez, todo eso está sometido a otro procedimiento: lo afirmado enseguida queda desestabilizado, puesto en cuestión, abismado, ausentado. Lo afirmado involucra también, de alguna manera, su propia fuga, como si nada pudiera escapar, uso la palabra vacía de religiosidad, porque así lo haría Saer, al misterio. La narración entonces pone en cuestión, como lo hace la poesía, cualquier discurso cerrado sobre el mundo y restituye para lo real la conciencia del enigma.

Otra cosa que siempre me impresionó, y me hizo pensar mucho en las construcciones del lenguaje del cine, está en el modo como toma astillas del mundo para construir una visión. Narrar sería de alguna manera, para Saer “sondear y reunir briznas o astillas de experiencia y de memoria para armar una imagen”. Los modos de superponer imágenes, recortar planos, y en la manera en que esas imágenes accionan unas sobre otras, no por la continuidad narrativa, sino por la continuidad que le otorga la mirada a esos fragmentos, en principio caóticos, del mundo, encontré procedimientos que me interpelan y me obligan a amplificar la pregunta de Saer: ¿qué significa narrar, en literatura, en cine?

Cada uno crea/ de las astillas que recibe/ la lengua a su manera, nos dice Saer. Por eso no creo posible pensar en la continuidad de lo saeriano por fuera de Saer. Su obra es una respuesta única, personal, a la pregunta sobre el arte de narrar. La lectura de su obra es un tajo, una marca en nuestra experiencia como lectores. Pero su pregunta debe renovarse, debemos ser fieles a la incertidumbre que alberga.

Prensa

AL OTRO LADO DEL RÍO

Cuando terminaba la secundaria, Gustavo Fontán leyó por primera vez El limonero real de Juan José Saer. En ese momento ni siquiera pensaba en ser cineasta pero se enamoró de la novela, de su riqueza y del paisaje, ese Paraná santafesino que tiene algo de tristeza. Es triste, claro, la historia: un hombre, Wenceslao, va a cruzar el río para asistir a una fiesta, organizada por la familia de su esposa y ella, todavía sumida en el duelo por la muerte del hijo, se niega a ir. Filmada en Colastiné, llena de silencios, con diálogos tomados de forma textual de la novela, la película adapta este texto joyceano y complejo mezclando actores profesionales y no profesionales, en la búsqueda de un lenguaje visual poético que pueda dar cuenta del universo saeriano.

Manuel Quaranta escribió este maravilloso texto

La película de Gustavo Fontán no traiciona la novela de Juan José Saer, no la traiciona, porque, paradójicamente, la traiciona. La traiciona porque la excede, y porque la excede, justamente, le es fiel. O sea, el núcleo básico de problemas que Saer trabaja en El limonero real es el mismo que Gustavo Fontán trabaja en El limonero real, aunque cada uno desde su lenguaje propio. Lo que Saer escribe, Fontán lo filma. La mano de Saer es la cámara de Fontán. Por eso el director no necesita seguir a pie juntillas una historia, ya que utiliza un lenguaje que le permite otras posibilidades, y lo sabe, y actúa en consecuencia, y esa consecuencia –inesperada para mí desde un a priori– implica mantener a Saer a distancia, a pesar, sin duda, de que está siempre presente.

En El limonero real, a partir de un trabajo excepcional con el fuera de foco, nunca se distingue un horizonte limpio, todo aparece turbio y obturado, y cuando el foco se recupera las cosas no mejoran, pues una vegetación impenetrable se transforma en un muro para la percepción visual: no se ve, no se ve nada, no se ve nadie. Más aún, y arriesgando un poco en la interpretación, la impenetrabilidad del mundo es también la del personaje. De hecho, la cámara después de fluir junto al río sin posibilidad de penetrar visualmente en el horizonte hace un primer plano de Wenceslao: nada, no se ve ni adentro ni afuera. ¿Quién este hombre? ¿En qué piensa? ¿Qué siente? Lo que sí se ve bien son las manchas de colores, muchas manchas, muchos colores, como si eso fuera lo único posible de diferenciar, nada nítido –ni siquiera el agua es transparente–, o como si esa mancha –una mancha negra– la llevaran los personajes, en lo profundo, rebeldes a cualquier interrogación. Un síntoma de esto son los planos cerrados que sólo alcanzan a tomar una parte de los personajes; y el momento en el que se lleva este procedimiento al paroxismo es en la memorable cena familiar que aguarda el fin de año. Ni un plano abierto. Cerrado, corto. Cada uno en su mundo, pero ¿hay un mundo? ¿Qué estamos viendo?

En El limonero real el tiempo es circular. Los personajes constantemente van y vuelven. De casa en casa, para avisar algo, para buscar algo, para ir a descansar al lago y volver, para dormir. Van, y luego, vuelven –el hijo de Wenceslao que fue a morir a la ciudad no vuelve; su madre, sin nombre, que con esa pérdida perdió todo, ya no quiere volver a salir–. Caminan en círculos, como si el tiempo no corriera –hace dos horas que te estamos buscando, le dice Rosa a Wenceslao, y él responde, me fui un ratito– o como si sólo existiera el presente y el pasado; como si algo les impidiera avanzar o esperar el nacimiento de una diferencia: algunos están empantanados en un recuerdo –del hijo que murió o del que debería haber muerto.

Sin embargo el tiempo pasa, sin plan ni proyecto, confuso, el mundo de afuera –y el de adentro– se presenta, enigmático, gira y avanza, y nosotros, convidados de piedra a una vida extraña, transcurrimos nuestros días bajo una somnolencia que nos impide alcanzar, con cierta fe, cualquier transparencia.



23° Festival de Cine Latinoamericano Rosario 2016
El limonero real (2016) - Gustavo Fontán

Carta sobre El limonero real

por Geraldine Salles Kobilanski

Buenos Aires, 27 de septiembre de 2016

Querido Diego,

Las palabras que manifestaste sobre la película El limonero realde Gustavo Fontán me han provocado el deseo de compartir algunas impresiones en torno a ella. Como bien expresaste, el núcleo saeriano de la descripción es tomado, apropiado, acariciado por Fontán. Es una descripción densa, perfumada con sudor, con manos terrosas, con nucas salíferas, con aquel viento intensamente fresco que invita a la tormenta, con aires herbáceos que envuelven los ojos cansados, la inmensa boca entreabierta del Ladeado mientras Wenceslao rema pausadamente, los primeros planos del cuello de Wenceslao sentado junto a ella, un cuello silencioso y obstinado que teje las cintas negras en las camisas de su marido y que le dice que tomará un mate más tarde, cuellos que parecen estar próximos a un más allá que a este más acá, que a la cena de fin de año, que a la orilla, que a la familia y que a los perros, una forma que se acerca sin ser visible ni tangible, una forma informe, que mantiene una distancia justa con los que aún viven, con los que aún pueden significar la repetición ancestral.

En el libro, querido Diego, se encuentra rozando el final -o un nuevo amanecer- una descripción extraña, moderna, que se vuelve inefable, sí, las palabras se vuelven lodo, y uno queda allí suspendido con el libro ante un abismo repleto de significantes, atemorizados, ajenos a cualquier comprensión o posibilidad de interpretación. Uno sostiene el libro pequeño con las manos y permanece. Esa escena peculiar Fontán no podía ni debía dejarla pasar. Wenceslao, representado  de espaldas al caminar, su sumerge en el río y permanece en él. No se ahoga, es. Es pura forma, brumosa, clarividente. Entonces la potencia cinematográfica oscila entre su forma y su estado de narración ya empapados, ya embebidos a la luz de un sol radiante como un girasol en estado de gracia, entre burbujas que encapsulan pequeñas cantidades de vida que se dirigen hacia la superficie, al borde, al aire libre, al linde entre lo sólido y lo líquido, lo lleno y lo vacío,  lo presente y lo ausente.

¿Has escuchado ese sonido constante como el ritmo del corazón que acompaña los movimientos sosegados y adustos de la cámara que captan o intentan no dejar ir a no se sabe qué… cuando el cordero respira con velocidad, atado y recostado sobre el suelo polvoriento, cuando las personas bailan luego de cenar y se sintiera como si un halo espeso sin una sola burbuja abrazara y abrasara a todos ellos hundiéndolos en el lodo? ¿Has sentido en tu nuca Diego una forma informe que acompaña tu sombra pero uno no es capaz de darse vuelta al no poder soportar no ver más que la ausencia?

Amanece
y ya está con los ojos abiertos.

Abrazo,
Geraldine.

PREMIER INTERNACIONAL

23va Edición del Festival Internacional de Cine de Valdivia (FicValdivia) 

LOS INROCKUPTIBLES

El director de El rostro se embarca, con éxito, en la difícil tarea de llevar a Juan José Saer al cine.

Por Diego Lerer

Gustavo Fontán encaró un desafío difícil al proponerse adaptar al cine la célebre novela de Juan José Saer, escrita en 1974. Si bien por su elaborado y preciso tono descriptivo uno podría considerarla hasta “cinematográfica”, en la pantalla desaparecería lo que hace personal la obra del escritor santafesino: su particular uso de la lengua, su fraseo, la minuciosa construcción de cada uno de sus largos párrafos. A la vez, esa detallada descripción –de un árbol, de una caminata por un bosque, de un río, de los detalles de una cena– complican cualquier estructura cinematográfica clásica. Pero Fontán no es un cineasta clásico y la opción que tomó fue mantener el hilo narrativo de la mínima trama y rodearlo de imágenes que, de un modo u otro, se correspondieran con el espíritu y el tono de la obra.

Es la historia de un hombre que vive en una isla y que se va, en bote, a pasar el Año Nuevo con sus parientes, donde viaja sin su mujer, que está de luto por la muerte de su hijo y no deja su casa desde hace seis años. Y el resultado es por momentos fascinante –acaso lo sea más si uno leyó previamente el libro y sabe qué esperar y qué no–, ya que logra ser poético sin forzar esa denominación mediante recursos falsos ni coqueterías visuales que se podrían prestar para un Terrence Malick del subdesarrollo. La película del director de El árbol y El rostro es poética por su pureza, su nobleza y su verdad. Y en ese sentido, más que en cualquier otro, es fiel a Saer.

Salas

BUENOS AIRES

CENTRO CULTURAL RECOLETA
http://www.centroculturalrecoleta.org/agen…/el-limonero-real

Viernes 7, 14, 21 y 28 de Abril. 21.00 hs.